Mem: Salmo 119:97-104

MemEs el año 1981, y soy consejero en un campamento de verano al norte del estado de Nueva York. Estamos en la mesa cenando, lo que significa que todos están intentando hablar más alto que el resto. El campista sentado a mi lado tiene sed. El le grita al campista al otro lado de la mesa, “¡Leche!”, quien continúa hablando con el chico sentado a su lado. “¡Leche! ¡LECHE! LECHEEEE” grita, con un gemido de injusticia.

“Marcos”, dije muy calmado.  El me mira.  ”Mira esto”.  Luego susurré, “Daniel”.  El campista al otro lado de la mesa me mira. “¿Podrías pasarle la leche a Mark?” Y lo hace inmediatamente antes de retornar a su conversación.

Marcos me mira detenidamente maravillado y encantado, como si yo hubiera sacado un rollo de billetes de cien dólares de su oído. “Un nombre es algo poderoso”, le dije.

El resto de la semana, Marcos y, muy pronto, el resto de los chicos usaron este truco en cada oportunidad, maravillándose cuán fácil es conseguir lo que quieres sin tener que alzar tu voz en una habitación ruidosa. No lo hacían porque yo les decía, sino porque funciona.

Comencé a memorizar el Salmo 119 porque pensé que debía hacerlo. En algún momento de la mitad del salmo, se me ocurrió que lo que estaba aprendiendo realmente era útil. ¡Funcionaba! Después de eso, no memoricé el salmo porque debía hacerlo, sino porque veía cómo trabajaba en mi vida. Los estatutos se habían convertido en canciones, y la labor de memorizar se tornó en un deleite.

La palabra de Dios funciona.

Supongo que esto es un elogio débil. De todas las cosas maravillosas que puedes decir sobre la palabra de Dios, quizá la menos emocionante es que funciona, que es útil y práctica. Pero es realmente emocionante aquellos días en los que ves que la palabra de Dios funciona.

Es el año 2011.  Estoy sentado en un avión detrás de un arrogante e irritante hombre, y estoy disgustado.  Primero que nada, debido a que ha sido dirigida hacia mi su detestable personalidad, y segundo porque le fue tan fácil a el quitarle la paz a mi corazón.

Repentinamente me di cuenta: Yo se qué hacer al respecto. Tratar con el orgulloso y el arrogante es una de las cosas que mejor hace el escritor del Salmo 119. Claro que no me estoy enfrentando a la misma situación que experimentó cuando escribió esta oración. No soy un esclavo viviendo en el exilio, no estoy en una situación de vida o muerte, el hombre sentado en frente mío no tiene el poder para influir en mi vida causando un problema significativo. Pero de alguna manera le permití robarme la paz, y se cómo conseguirla de vuelta. Cerré mis ojos y comencé a recitarme el Salmo 119.

El salmista es muy consistente a la hora de tratar con personas problemáticas. Príncipes hablaron contra mi? Meditaré en tus estatutos.  Los soberbios me han calumniado sin causa? Meditaré en tus mandamientos.  Avívame conforme a tu palabra.  No me tengo que ocupar de las personas problemáticas, sólo tengo que continuar buscando la Palabra de Dios y permitirle que se haga cargo.

Recupero mi paz mucho antes de llegar al versículo 176.

Los versículos de Mem expresan muy bien los sentimientos de aquel que conoce cuán práctica es la palabra de Dios. “Oh, cuánto amo yo tu ley. Funciona! ¿Cómo no la voy a amar cuando me hace más sabio que mis enemigos, que los enseñadores y los free celebrity sex videos viejos? No hay otro camino como el tuyo, Señor, y voy a permanecer en él.”

La sección está muy bien colocada; podemos ver en seguida que la palabra de Dios nos guarda del pecado (vs.9), pero para adquirir una apreciación por lo maravilloso por lo práctico de la ley de Dios se necesita seguir sus caminos un poco más. Noventa y siete versículos parece lo suficiente.

¿Estás ahí?

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